A la hora de decidir cooperar con otras personas, la gente no actúa pensando en su beneficio propio, tal y como sostenían algunas tesis previas, sino que influye más el estado de ánimo y la cantidad de individuos con los que han cooperado anteriormente. Así lo indica un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que demuestra que la práctica totalidad de los modelos de este tipo de situaciones estudiados en la física son incorrectos.
En los últimos años, la física se ha interesado mucho por los problemas relacionados con procesos evolutivos, y en particular con la teoría de juegos en redes. Este tipo de investigación se enmarca en el trabajo sobre interacciones entre partículas o agentes que se ha venido desarrollando desde que a finales del siglo XX Barabási y Albert y Watts y Strogatz introdujeron las redes complejas en el mundo de la física. En este contexto, se ha venido comprobando que muchos sistemas físicos, bien comprendidos en retículos, cambian su comportamiento cuando se consideran sobre redes no regulares, porque entonces el distinto número de conexiones de cada partícula juega un papel. Cuando se estudian procesos evolutivos descritos por un juego, lo que se hace es generalizar el tipo de interacción que se considera habitualmente en física, introduciendo la estrategia, es decir, la capacidad de reaccionar a lo que hacen las otras partículas con las que se interacciona para maximizar el beneficio propio.
La investigación se fundamenta, además de en diversos estudios previos, en un experimento desarrollado por el Instituto de Biocomputación y Física de Sistemas Complejos (BIFI) de la Universidad de Zaragoza, junto con la Fundación Ibercivis y la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M), y que es el mayor realizado hasta el momento en tiempo real sobre cooperación en sociedad. El mismo se desarrolló a lo largo del pasado mes de diciembre y en él participaron más de 1.200 alumnos de bachillerato de Aragón, quienes interactuaron en tiempo real y de forma virtual a través de un prototipo de conflicto social conocido como el “Dilema del Prisionero”. En este juego se pone de manifiesto que el mayor beneficio para las personas que interactúan se produce cuando ambas colaboran, pero si una colabora y la otra no, ésta última tiene más beneficio que la que coopera. Esto, en ocasiones, permite aprovecharse de la colaboración de los demás, pero, si esta tendencia se extiende, al final nadie coopera y, por tanto, nadie obtiene beneficios.
Tras analizar la información, la principal conclusión que han obtenido los investigadores es que en una situación en la que cooperar con los demás es beneficioso, que las personas involucradas estén organizadas según una estructura social de un tipo u otro es irrelevante. Este primer análisis contradice lo que muchos investigadores sostenían basándose en estudios teóricos.
En el experimento se compara el grado de cooperación en una red en la que cada uno interactúa con otras cuatro personas y en una red en la que el número de conexiones varía entre 2 y 16, es decir, más parecida a una red social. Lo que se observa es que el resultado en las dos redes es idéntico. “Esto ocurre porque, contra lo que se había propuesto en la mayoría de los trabajos, la gente no toma sus decisiones basándose en el beneficio que obtienen (ellos o sus vecinos), sino en cuánta gente ha cooperado recientemente con ellos, además de en su propio estado de ánimo”, explican los investigadores.
Estos resultados ayudan a comprender cómo toman decisiones las personas, sobre todo en el contexto en que hay que decidir entre colaborar o aprovecharse de los otros. “Entender por qué hacemos una cosa u otra puede ayudar a diseñar incentivos que induzcan a la gente a cooperar”, revelan los autores de la investigación. Por otro lado, el hecho de que las redes no sean importantes tiene implicaciones, por ejemplo, para el diseño de organizaciones. Del experimento se desprende que la gente no va a cooperar más por estar organizada de una determinada manera. De esta forma, se puede inferir que no hay que preocuparse del diseño de la estructura de la organización, sino de incentivar a la gente de manera individual a que coopere.
Por otro lado, la repercusión de este trabajo en la física va a ser muy grande. En los últimos años se han publicado cientos de trabajos modelando la interacción de personas a través de dilemas sociales en redes, como se puede ver por ejemplo en Szabo y Fath, Phys. Rep. (2007) o Roca et al., Phys. Life Rev. (2009). Casi todos esto trabajos consideran que la interacción entre las personas que participan en el experimento es distinta de la que se ha encontrado, involucrando sobre todo comportamientos imitativos. Así, por citar el ejemplo más famoso, con dinámicas de las llamadas de tipo replicador, en las que los jugadores imitan a algún vecino elegido al azar con probabilidad proporcional a la diferencia de beneficios obtenida, se predecía [Santos et al., Phys. Rev. Lett. (2005)] que se alcanzaría un nivel muy alto de cooperación cuando se considerasen redes libres de escala (Barabási-Albert). El resultado experimental que se ha obtenido en este trabajo descartan que esto sea así a la vez que confirman la predicción de Gracia-Lázaro et al. (Sci. Rep., 2012) de que con dinámicas condicionales como la descrita las redes deberían ser irrelevantes para la cooperación.
Los autores del trabajo, publicado en el último número de la revista PNAS, son los profesores del Grupo Interdisciplinar de Sistemas Complejos (GISC) del Departamento de Matemáticas de la UC3M, José Cuesta y Ángel Sánchez, junto a Carlos Gracia, Alfredo Ferrer, Gonzalo Ruiz, Alfonso Tarancón y Yamir Moreno, del BIFI de la Universidad de Zaragoza.
Referencia: Heterogeneous networks do not promote cooperation when humans playa a Prisioner's Dilema, PNAS
Última actualización en Miércoles, 03 Octubre 2012 11:38

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